Por: Rodolphe Bacquet
El año pasado, para la época de las fiestas, les envié una serie de mensajes dedicados a los 7 pecados capitales (serie que pueden encontrar íntegramente en mi sitio web).
Este año he decidido repetir la experiencia de la serie, que tanto les gustó, con una nueva temática: el amor, y más precisamente las hormonas del amor. Y fíjense que dedicaré también 7 cartas a este tema increíblemente rico.
El amor es un aspecto esencial de la existencia en general, y de la salud en particular. Sé bien que hoy es 24 de diciembre y no 14 de febrero, pero San Valentín no tiene el monopolio del amor, y esta víspera de Navidad me parece un momento muy propicio para hablar con ustedes de esta experiencia universal.
Lejos de mí la idea de abordar la cuestión bajo un ángulo fríamente médico y bioquímico; hacerlo desde el ángulo hormonal, sin embargo, permite captar mejor las nuances de sus diferentes facetas, incluso las de orden espiritual.
Si les digo “hormona del amor”, ¿qué me responden? Muy probablemente: “oxitocina”. Así se la designa en el lenguaje corriente. Claro que hablaré de ella. Pero no de inmediato, porque por un lado la oxitocina no se reduce a su papel en el amor – hablaré también de eso – y por otro lado está muy, muy lejos de ser la única en juego.
Así como no existe un solo tipo de amor ni una sola fase en una relación, el cuerpo y el espíritu disponen de una vasta paleta de neurotransmisores y mensajeros químicos para adaptarse (y provocar) sus emociones.
Porque, aunque el órgano más citado en los “asuntos del corazón” sea… el corazón, es en realidad el cerebro el que orquesta sus transportes amorosos, sus entusiasmos, sus impulsos, sus dudas. Es el cerebro el que produce y libera hormonas cuando sienten deseo por alguien, afecto o simplemente apego.
Y no solo según la “fase” de su relación, sino también según el “objeto” de su amor, esas hormonas no serán las mismas. Las que su cerebro libera al ver cada mañana a su esposo o esposa no son en absoluto las mismas que los inundaban durante los primeros días o semanas de su relación… hace veinte, treinta años o más.
Del mismo modo, las hormonas que su cerebro libera cuando abrazan a su nieto o nieta no son evidentemente las mismas que produce cuando estrechan a su amante. Lógico, me dirán. Pero esta lógica es a la vez muy bien afinada y muy frágil.
Bien afinada, porque es fruto de cientos de miles de años de evolución: está programada para permitirnos, a escala de la especie humana, reproducirnos e incluso sobrevivir. Frágil, porque a escala individual no siempre la dominamos, ni mucho menos. ¡A veces es ella la que nos domina! Y esto, a menudo, de manera perfectamente inconsciente.

Las hormonas intervienen en todo momento de la existencia
Las hormonas son mensajeras. Circulan, transmiten órdenes, ajustan su ritmo, su energía, su humor. Forman parte del sistema endocrino, cuyos diferentes elementos están interconectados por estructuras cerebrales cuyos nombres al menos les resultan familiares: el hipotálamo, la hipófisis, la glándula pineal, el hipocampo, las glándulas suprarrenales, etc.
Intervienen en todo momento de la existencia.
- Por la mañana, la secreción de cortisol por las glándulas suprarrenales los impulsa a levantarse y comenzar el día.
- Por la noche, la melatonina producida por la glándula pineal les hace caer los párpados y les indica que es hora de dormir.
- Si cruzan la calle y se dan cuenta de que un coche no los ha visto y se lanza hacia ustedes, es otra hormona, la adrenalina, producida también por las suprarrenales pero esta vez bajo el impulso del sistema nervioso simpático, la que les da la energía necesaria para evitarlo a tiempo.
Cuando el amor se invita, este conjunto de elementos del sistema endocrino y de sus diferentes hormonas compone una especie de partitura interior que influye en lo que sienten, o al menos en cómo lo viven y lo perciben.
El amor en sentido amplio (y hormonal)
En cuanto aparece una emoción fuerte, el cerebro reacciona. Activa zonas diferentes según si se enamoran, desean, se apegan a alguien o sufren una carencia. Cada una de estas etapas está marcada por una combinación hormonal específica, como un código que cambia según la experiencia vivida.
Eso es lo que hace al amor tan multifacético. Puede dar impulso, audacia, coraje. También puede apaciguar o, al contrario, trastornar.
“El amor puede definirse como una propiedad emergente de un cóctel ancestral de neuropéptidos y neurotransmisores. El deseo, el apego y la atracción son procesos cerebrales distintos pero íntimamente ligados, cada uno mediado por sus propios neurotransmisores y circuitos. Estos circuitos se alimentan y se refuerzan mutuamente”, escriben los neuroendocrinólogos.
Es el resultado de una modulación permanente, o de un diálogo continuo entre dopamina, noradrenalina, oxitocina, vasopresina, serotonina, cortisol, endorfinas y, según sean hombre o mujer, testosterona y estrógenos.
Les propongo entonces seguirme, a lo largo de mis próximas cartas, en este camino de las hormonas del amor.
Este camino será, por convención (o por facilidad), el de una historia de amor clásica: el encuentro, el acercamiento íntimo, el compromiso… la construcción de una relación de pareja… de una familia… pero también la ruptura, la separación.






